lunes, 24 de noviembre de 2014

Mortero portátil


Aunque el Rey de los Relojeros era en verdad poderoso y su capacidad por fabricar instrumentos maravillosos también podía centrarse en la fabricación de objetos destructivos si así lo deseaba, era un gobernante más bien pacífico cuya autoridad emanaba de su sabiduría y no de la fuerza de la armas.

Al principio de su reinado de doscientos años, todos los inventores de mayor rango lo consideraban su señor y decano. Sin embargo, las vidas de estos señores con el tiempo se fueron apagando, y en el periodo intermedio del reino, los arrogantes descendientes de los gobernantes de las regiones fronterizas se encerraron en sí mismos y gobernaron como pequeños reyezuelos sin atender a la ley de la tierra de los relojeros. Imponían su voluntad mediante la intimidación: cada uno de ellos se fabricó una legión de toscos y feos hombres de metal, pervirtiendo con sus mentes el conocimiento que les habían dejado sus maestros milenios atrás.

Cuando estos señores feudales empezaron a reclamar el pago de diezmos y la servidumbre del resto de relojeros, todo se creyó perdido. Sin embargo, el Rey tenía, como siempre, un as en la manga. Sin mediar palabra con sus preocupados consejeros, bajó a las profundidades del relicario del castillo y emergió de nuevo llevando un extraño objeto poliédrico en la mano. A continuación, se puso a dar instrucciones para la construcción de unos pequeños morteros o bombardas portátiles.

Dichas armas no disparaban balas macizas, explosivas o metralla alguna: mediante aire comprimido lanzaban bolas de vidrio, fibra vegetal o algún otro material fácilmente rompible llenas de molesto polvo irritante, babas extremadamente pegajosas o incluso pequeños insectos mecánicos diseñados para atacar los mecanismos de los hombre des metal, quienes acabaron reducidos a pilas de chatarra. Los señores fronterizos capitularon poco después, en muchos casos entre estornudos o con las cejas depiladas en contra de su voluntad.